jueves, 22 de octubre de 2009

Real Madrid - Milán

Estábamos sentados en el auditorio Sabatini del museo Reina Sofía, esperando el comienzo de la charla con Antonio Negri, cuando uno de los asistentes comentó con el gracejo ibérico que nos hace inconfundibles en cualquier lugar del globo terraqueo: "Bueno, rapidito Negri, que nos tenemos que ir a ver al Madrí". Negri es un profesor de ciencia política de raíz marxista que ha estado encarcelado en dos ocasiones: entre 1979-1983, cuando el Partido Radical logra que le exoneren de la pena a la que le habían condenado por colaboración intelectual con las Brigadas Rojas; el exilio en el alegre París que vive la victoria de François Miterrand; y su regreso voluntario a la cárcel en 1997 para recuperar totalmente sus derechos políticos como ciudadano. La historia de Negri es la historia de una resistencia y de un resistente. También es la historia de un error. Nadie ha podido demostrar su culpabilidad en el asesinato de Aldo Moro ni su colaboración activa con grupos terroristas. Ayer volvió a repetirlo entre los muros del viejo manicomio: su inocencia y la inutilidad de utilizar la violencia con fines políticos.

Escribe Francisco Fernández Buey en "El caso Moro y los nuevos liberalismos", publicado originalmente en 1979 en la revista de pensamiento "Mientras tanto", y recogido en "Discursos para insumisos discretos" (Libertarias, 1993): "La detención y encarcelamiento de Antonio Negri, de Franco Piperno y de varios compañeros suyos y dirigentes o militantes del movimiento "autónomo" italiano ha sacado a la luz otra vez algunas debilidades confirmando el diagnóstico de Tutino. Debilidades, por supuesto, de lo que suele llamarse izquierda revolucionaria. Pues cómo interpretar si no la melancolía con que se observa el hecho escueto de que hasta ahora nadie, ni aquí ni allí ni en parte alguna, haya propugnado y realizado una movilización para intentar al menos sacar de la cárcel a gentes de las que -por lo que se conoce del sumario judicial- puede decirse que están secuestradas por el poder a la espera, al parecer, de que lleguen de algún sitio las pruebas necesarias para acusarles legalmente de aquello que en principio era obvio a los ojos de los jueces: el asesinato de Aldo Moro (...)." El artículo de Fernández Buey es muy crítico con la izquierda revolucionaria española y europea. Uno acaba sospechando siempre, al leer estas reliquias, que aquella potencia crítica que les hacía tan lúcidos también les paralizaba de algún modo. Por supuesto, no hay que ignorar la riqueza de los debates teóricos, hoy día, sencillamente, impensables por nuestra tendencia al fragmento y al esquematismo, cuando no es la fobia social y prohibición latente del discurso, de la verbalización de los problemas, el desplazamiento del conflicto por el consenso como una pomada universal.

La presencia de Negri en Madrid, dentro del ciclo "El arte de la resistencia", se debía a la presentación de un trabajo documental, "The Cell. Antonio Negri y la prisión", dirigido por Angela Melitopoulos, también presente. Negri habló de su paso por la cárcel, del cuerpo, del desplazamiento de los métodos de control -de los barrotes y los muros al control psicológico del preso-, pero también de su obra en prisión -su meditación sobre Spinoza, la necesidad de la alegría, sobre Giacomo Leopardi, la construcción filosófico-poética de un yo aislado-, y el paso del tiempo. Si en 1979, cuando ingresa por vez primera en la cárcel de Roma, el mundo hecho pedazos (anni di piombo, años de plomo) se les ha caído encima, tras la derrota colectiva de las luchas contra el Estado de la década de los 70, su segunda condena, en 1997, en la cárcel de Rebibbia, coincide con la floración de los movimientos antiglobalización con su germen anticapitalista, nuevas herramientas para la resistencia. De esta segunda etapa carcelaria es fruto su último libro, "Imperio", donde retoma los peliagudos debates postmarxistas en otros términos, con otra temperatura y nueva terminología, cuando hoy casi todos los actores principales han desaparecido de escena: de Michel Foucault a Louise Althusser, de Gilles Deleuze a Félix Guattari.

En la conversación sobre su vida carcelaria, en un momento dado, recordó: "Si en la primera época conviví con gente peligrosa, mafiosos estrafalarios y delincuentes comunes violentos, pero también numerosos profesores de universidad y catedráticos que convertían el patio de la cárcel en un ágora; en la segunda, hasta la atmósfera carcelaria se había degradado notablemente, al compás del pais, y los únicos temas de conversación entre reclusos prácticamente se reducían al fútbol, las mujeres, una verdadera obsesión recurrente por el sexo, y los jueces... porque allí todos son inocentes y no paran de proclamarlo. Como yo: que también era inocente." Y no pudo evitar que se le escurriese una sonrisa. Al salir, caía lluvia fina, y al pasar por la puerta de un bar alguien oyó que el A.C. Milan de Silvio Berlusconi había ganado en el Santiago Bernabéu al Real Madrid de Florentino Pérez. Estaba todo en orden en la gran cárcel del mundo contemporáneo.